Outros “maestros”

 

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[…]

– No hablo de la violencia que Cárceles predica en la tertulia -dijo-. Me refiero a la que nace del coraje personal -señaló su propio pecho-. De aquí.

Romero había pasado de la turbación al recelo; se manoseó nerviosamente la chalina mientras eludía la mirada de su interlocutor.

– Estoy en contra de cualquier tipo de violencia, personal o colectiva.

– Pues yo no. Hay en ella matices muy sutiles, se lo aseguro. Una civilización que renuncia a la posibilidad de recurrir a la violencia en sus pensamientos y acciones, se destruye a sí misma. Se convierte en un rebaño de corderos, a degollar por el primero que pase. Lo mismo les ocurre a los hombres.

– ¿Y qué me dice de la Iglesia católica? Es contraria a la violencia, y se ha mantenido durante veinte siglos sin necesidad de ejercerla nunca.

– No me haga reír a estas horas, don Marcelino. Al Cristianismo lo sostuvieron las legiones de Constantino y las espadas de los cruzados. Y a la Iglesia católica, las hogueras de la Inquisición, las galeras de Lepanto y los tercios de los Habsburgo… ¿Quién espera que sostenga su causa por usted?

El pianista bajó los ojos.

– Me decepciona, don Jaime -dijo al cabo de un instante, hurgando en el suelo enarenado con la punta del bastón-. Nunca sospeché que compartiera los argumentos de Agapito Cárceles.

Yo no comparto argumentos con nadie. Entre otras cosas, el principio de igualdad que con tanto brío defiende nuestro contertulio, me trae al fresco. Y ya que menciona el tema, le diré que prefiero ser gobernado por César o Bonaparte, a quienes siempre puedo intentar asesinar si no me placen, antes que ver decidirse mis aficiones, costumbres y compañía por el voto del tendero de la esquina… El drama de nuestro siglo, don Marcelino, es la falta de genio; que sólo es comparable a la falta de coraje y a la falta de buen gusto. Sin duda, eso se debe a la ascensión irrefrenable de los tenderos de todas las esquinas de Europa.

– Según Cárceles, esos tenderos tienen los días contados -respondió Romero con un apunte de tímido rencor; el marido de su amada era un conocido comerciante de ultramarinos.

– Peor nos lo pone Cárceles, porque conocemos bien lo que ofrece como alternativa… ¿Sabe usted cuál es el problema? Nos encontramos en la última de tres generaciones que la Historia tiene el capricho de repetir de cuando en cuando. La primera necesita un Dios, y lo inventa. La segunda levanta templos a ese Dios e intenta imitarlo. Y la tercera utiliza el mármol de esos templos para construir prostíbulos donde adorar su propia codicia, su lujuria y su bajeza. Y es así como a los dioses y a los héroes los suceden siempre, inevitablemente, los mediocres, los cobardes y los imbéciles. Buenas tardes, don Marcelino.

Permaneció el maestro de esgrima apoyado en el bastón, viendo alejarse sin remordimientos la miserable figura del pianista, que caminaba con la cabeza hundida entre los hombros; sin duda camino de su desesperada ronda bajo el balcón de la calle Hortaleza. Jaime Astarloa se quedó un rato observando a los paseantes, aunque su pensamiento se hallaba absorto en la propia situación. Sabía muy bien que algunas de las cosas que le habla dicho a Romero podían serle aplicadas a él mismo, y esa certeza no lo hacía precisamente feliz.

[…]

in El Maestro de Esgrima de Artuo Pérez-Reverte, Madrid, Alfaguara (1992) pp. 140-41

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